En segundo lugar, no repudiamos en principio el servicio laboral general. Pero, después de todo, ¿dónde hay alguien en el mundo, a excepción de pequeñas sectas religiosas, que niegue la autodefensa «en principio»? A pesar de todo, el asunto no avanza ni un solo paso como resultado de vuestra admisión abstracta.
Cuando se trató de una lucha real, y de la creación de un ejército real contra los enemigos reales de la clase trabajadora, ¿qué hicisteis entonces? Os opusisteis, saboteasteis –sin repudiar en principio la autodefensa–. Dijisteis y escribisteis en vuestros periódicos: «¡Abajo la guerra civil!» en el momento en que estábamos rodeados de Guardias Blancas y teníamos el cuchillo en la garganta. Ahora vosotros, aprobando ex post facto nuestra autodefensa victoriosa, trasladáis vuestra mirada crítica a nuevos problemas e intentáis darnos lecciones.
“En general, no repudiamos el principio del servicio laboral general”, decís, “pero... sin coacción legal”.
¡Y sin embargo, en estas mismas palabras hay una monstruosa contradicción interna! La idea misma de “servicio obligatorio” incluye el elemento de coacción. Un hombre está obligado, está atado a hacer algo. Si no lo hace, obviamente sufrirá una coacción, un castigo. Aquí nos acercamos a la cuestión de qué castigo.
Abramovich dice:
«Presión económica, sí; pero no coacción legal».
El camarada Holtzman, representante del Sindicato de Metalúrgicos, demostró de manera excelente toda la escolástica de esta idea. Incluso bajo el capitalismo, es decir, bajo el régimen del trabajo «libre», la presión económica es inseparable de la coacción legal. Con mayor razón ahora.