El capitalismo ruso, como consecuencia de su tardanza, de su falta de independencia y de los rasgos parásitos que de ello se derivan, ha tenido mucho menos tiempo que el capitalismo europeo para educar técnicamente a las masas laboriosas, para formarlas y disciplinarlas de cara a la producción.
Ese problema recae ahora por entero sobre las organizaciones industriales del proletariado.
Un buen ingeniero, un buen mecánico y un buen carpintero deben tener en la República Soviética la misma publicidad y la misma fama de las que hasta ahora disfrutaban los agitadores destacados, los combatientes revolucionarios y, en el período más reciente, los comandantes y comisarios más valientes y capaces.
Los líderes mayores y menores del desarrollo técnico deben ocupar una posición central ante los ojos del público. Los malos trabajadores deben avergonzarse de hacer mal su trabajo.
Aún conservamos, y por mucho tiempo conservaremos, el sistema de salarios. Cuanto más avancemos, más se reducirá su importancia a garantizar a todos los miembros de sociedad todos los artículos de primera necesidad para la vida; y con ello dejará de ser un sistema de salarios.
Pero en el presente no somos suficientemente ricos para esto. Nuestro problema principal es elevar la cantidad de productos fabricados, y a este problema debe subordinarse todo lo demás.
En el difícil período actual, el sistema de salarios es para nosotros, ante todo, no un método para garantizar la existencia personal de cada trabajador por separado, sino un método para estimar lo que ese trabajador individual aporta con su labor a la República del Trabajo.