evidente que el número de víctimas variará según la fuerza de la resistencia de las clases propietarias. Si Kautsky desea decir en su libro que la educación democrática no ha debilitado el egoísmo de clase de la burguesía, esto puede admitirse sin más preámbulos.
Si desea añadir que la guerra imperialista, que estalló y continuó durante cuatro años, a pesar de la democracia, provocó una degradación de las costumbres y habituó a los hombres a los métodos y a la acción violentos, y despojó por completo a la burguesía del último vestigio de torpeza a la hora de ordenar la destrucción de masas de humanidad, aquí también tendrá razón.
Todo esto es verdad a primera vista. Pero hay que luchar en condiciones reales. Las fuerzas en disputa no son maniquíes proletarios y burgueses producidos en la probeta de Wagner-Kautsky, sino un proletariado real contra una burguesía real, tal como han surgido de la última carnicería imperialista.
En este hecho de cruenta guerra civil que se extiende por todo el mundo, Kautsky ve únicamente el resultado de un apartamiento fatal de las «tácticas experimentadas» de la Segunda Internacional.
“En realidad, desde el momento”, escribe, “en que el marxismo dominó el movimiento socialista, este último, hasta la guerra mundial, se vio, a pesar de sus grandes actividades, preservado de grandes derrotas. Y la idea de asegurar la victoria mediante la dominación terrorista había desaparecido por completo de sus filas”.
A este respecto contribuyó mucho el hecho de que, en la época en que el marxismo era la doctrina socialista dominante, la democracia echó profundas raíces en Europa occidental y comenzó allí a transformarse, de fin de la lucha, en una base confiable de la vida política.