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Terrorismo y Comunismo

la degradación: pues ¿cómo se iba a una revuelta contra la esclavitud cuando cada hombre tiene el mismo derecho para determinar el destino de la

Rothschild, que ha convertido la sangre y las lágrimas del mundo en los luises de oro de sus ingresos, tiene un voto en las elecciones parlamentarias. El ignorante labrador que no sabe firmar su nombre, duerme toda su vida sin quitarse la ropa y deambula por la sociedad como un topo subterráneo, desempeña su papel, sin embargo, como fideicomisario de la soberanía de la nación, y es igual a Rothschild en los tribunales y en las elecciones.

En las condiciones reales de la vida, en el proceso económico, en las relaciones sociales, en su modo de vida, los hombres se volvieron cada vez más desiguales; un lujo deslumbrante se acumulaba en un polo, la pobreza y la desesperanza en el otro. Pero en la esfera del edificio jurídico del Estado, estas flagrantes contradicciones desaparecían, y solo penetraban allí sombras jurídicas inconsistentes.

El terrateniente, el peón, el capitalista, el proletario, el ministro, el limpiabotas: todos son iguales como «ciudadanos» y como «legisladores». La igualdad mística del cristianismo ha dado un paso abajo desde los cielos en forma de igualdad «natural», «jurídica» de la democracia. Pero aún no ha llegado a la tierra, donde yacen los fundamentos económicos de la sociedad. Para el jornalero ignorante, que toda su vida sigue siendo una bestia de carga al servicio de la burguesía, el derecho ideal a influir en el destino de las naciones mediante las elecciones parlamentarias siguió siendo poco más real que el palacio que se le prometía en el reino de los cielos.

En aras de los intereses prácticos del desarrollo de la clase obrera, el Partido Socialista adoptó en un determinado período la vía del parlamentarismo.

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