Marx, por otra parte, quería ante todo una victoria revolucionaria. En ninguna parte, ni con una sola palabra, plantea el principio de la democracia como algo que se sitúa por encima de la lucha de clases. Por el contrario, con el desprecio concentrado del revolucionario y del comunista, Marx —no el joven redactor de la Gaceta Renana, sino el maduro autor de El Capital: nuestro auténtico Marx con la poderosa melena leonina, caído aún no en manos de los peluqueros de la escuela de Kautsky—, con cuánto desprecio concentrado habla de la «atmósfera artificial del parlamentarismo», ¡en la cual enanos físicos y espirituales como Thiers parecen gigantes! La guerra civil, tras el estéril y pedante folleto de Kautsky, actúa como una tormenta que purifica el aire.
A pesar de las calumnias de Kautsky, Marx no tenía nada en común con la concepción de la democracia como el último, absoluto y supremo producto de la historia. El desarrollo de la propia sociedad burguesa, de la cual surgió la democracia contemporánea, no representa de ningún modo ese proceso de democratización gradual que figuraba antes de la guerra en los sueños del mayor ilusionista socialista de la democracia —Jean Jaurès— y hoy en los del más erudito de los pedantes, Karl Kautsky. En el imperio de Napoleón III, Marx ve «la única forma de gobierno posible en la época en que la burguesía ya ha perdido la capacidad de gobernar al pueblo, mientras que la clase obrera aún no la ha adquirido». De este modo, no la democracia, sino el bonapartismo, se presenta ante los ojos de Marx como la forma final del poder burgués. Los hombres eruditos pueden decir que Marx se equivocó, ya que el imperio bonapartista dio paso durante medio «siglo a la «República Democrática». Pero Marx no se equivocó. En esencia tenía razón. La