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Terrorismo y Comunismo

de la paz con Estonia y el inicio de las negociaciones con Lituania y Polonia, todo el país volvió su pensamiento hacia los asuntos económicos. Y este único hecho, de una rápida y concentrada transferencia de atención y energía de un conjunto de problemas a otro —muy diferente, pero que no exige menor sacrificio—, es una prueba indiscutible del poderoso vigor del orden soviético.

A pesar de las torturas políticas, los sufrimientos físicos y los horrores, las masas trabajadoras están infinitamente lejos de la descomposición política, del colapso moral o de la apatía. Gracias a un régimen que, aunque les ha infligido grandes penalidades, ha dado a su vida un propósito y un gran objetivo, conservan una terquedad moral extraordinaria y una capacidad sin ejemplo en la historia, y concentran su atención y su voluntad en los problemas colectivos.

Hoy, en todas las ramas de la industria, se desarrolla una enérgica lucha por el establecimiento de una estricta disciplina laboral y por el aumento de la productividad del trabajo.

Las organizaciones del partido, los sindicatos, los comités administrativos de fábricas y talleres, rivalizan entre sí a este respecto, con el apoyo unánime de la opinión pública de toda la clase obrera.

Fábrica tras fábrica aumenta voluntariamente, mediante resolución en su asamblea general, su jornada de trabajo. Petrogrado y Moscú dan el ejemplo, y las provincias imitan a Petrogrado.

Los sábados y domingos comunistas —es decir, el trabajo voluntario y no remunerado en las horas destinadas al descanso— se extienden cada vez más, arrastrando a su órbita a muchos, muchos cientos de miles de obreros y obreras.

La laboriosidad y la productividad del trabajo en los sábados y domingos comunistas, según los informes de los expertos y el testimonio de las cifras, alcanzan un nivel notablemente alto.

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