Admitamos esto, aunque para ello tengamos que olvidar las jornadas de junio de 1848 y los horrores de la represión de la Comuna.
Admitamos que la gran revolución del siglo XVIII, que mediante medidas de terror implacable destruyó el dominio del absolutismo, del feudalismo y del clericalismo, preparó realmente el camino para soluciones más pacíficas y moderadas de los problemas sociales.
Pero, incluso si admitimos este punto de vista puramente liberal, también aquí nuestro acusador demostrará estar completamente equivocado; pues la revolución rusa, que culminó en la dictadura del proletariado, comenzó precisamente con la labor que se realizó en Francia a finales del siglo XVIII.
Nuestros antepasados, en siglos pasados, no se tomaron la molestia de preparar el camino democrático —mediante el terrorismo revolucionario— para unas costumbres más apacibles en nuestra revolución. El mandarín ético, Kautsky, debería tener en cuenta estas circunstancias y acusar a nuestros antepasados, no a nosotros.
Kautsky, sin embargo, parece hacer una pequeña concesión en esta dirección.
«Es verdad», dice, «ningún hombre perspicaz podría dudar de que una monarquía militar como la alemana, la austríaca o la rusa sólo podría ser derrocada por métodos violentos. Pero a este respecto se pensaba siempre menos» (¿entre quiénes?) «en el uso sangriento de las armas y más en el arma de la clase obrera peculiar del proletariado: la huelga de masas. Y no cabía esperar que una parte considerable del proletariado, tras tomar el poder, diera de nuevo rienda suelta —como a finales del siglo XVIII— a su furia y su venganza mediante el derramamiento de sangre. Esto habría significado una negación completa de todo progreso». (Página 147)