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Terrorismo y Comunismo

jamás los sufrimientos de los trabajadores habían llegado a tal extremo como en las épocas en que el viejo orden feudal era violentamente derribado y cedía su lugar al nuevo. La Revolución francesa del siglo XVIII, que alcanzó sus titánicas dimensiones bajo la presión de las masas agotadas por el sufrimiento, profundizó y agudizó por sí misma sus desgracias durante un período prolongado y hasta un grado extraordinario. ¿Puede ser de otro modo?

Las revoluciones de palacio, que terminan meramente en reajustes personales en la cúspide, pueden llevarse a cabo en poco tiempo y no tienen prácticamente ningún efecto en la vida económica del país. Muy distinto es el caso de las revoluciones que arrastran en su torbellino a millones de trabajadores. Cualquiera que sea la forma de sociedad, descansa sobre los cimientos del trabajo. Al apartar a la masa del pueblo del trabajo, al atraerla durante un período prolongado a la lucha y destruir con ello su vínculo con la producción, la revolución asesta de todas estas maneras golpes mortales a la vida económica y reduce inevitablemente el nivel que encontró al nacer. Cuanto más perfecta es la revolución, mayores son las masas que moviliza; y cuanto más se prolonga, mayor es la destrucción que causa en el aparato de producción y más terribles son las incursiones que realiza en los recursos públicos. De esto se desprende meramente una conclusión que no requería demostración: que una guerra civil es perjudicial para la vida económica. Pero achacar esto al sistema económico soviético es como acusar a un ser humano recién nacido de los dolores de parto de la madre que lo trajo al mundo.

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