El profesor Braddock solía ser el más metódico de los hombres, y medía su vida por el reloj y el almanaque. Se levantaba a las siete, verano e invierno, para tomar un desayuno contundente, que le servía hasta la hora de la cena, a las cinco y media.
Braddock cenaba a esa hora tan poco habitual —salvo cuando tenía visitas—, ya que no almorzaba y desdeñaba la más mínima idea del té de la tarde. Dos comidas al día, sostenía, eran suficientes para cualquier hombre que llevara una vida sedentaria, puesto que el exceso de comida tendía a obstruir los engranajes del intelecto.
Por lo general, trabajaba en su museo —si es que se podía llamar trabajo a la indulgencia con su pasatiempo— desde las nueve hasta las cuatro, hora tras la cual daba un breve paseo por el jardín o por el pueblo.
Al terminar de cenar, le echaba un vistazo a alguna publicación científica o, tal vez, a modo de recreación, jugaba una o dos partidas de paciencia; pero a las siete se retiraba invariablemente a sus habitaciones para reanudar el trabajo.
Se retiraba a la cama a la medianoche, por lo que puede suponerse que el profesor sacaba adelante una enorme cantidad de trabajo durante el año. No existía un hombre más metódico ni más industrioso.
Pero en ocasiones, incluso este entusiasta se cansaba de su pasatiempo y de la rutina del año. Un anhelo de ver a hermanos científicos de su misma manera de pensar se apoderaba de él, y partía abruptamente hacia Londres para ocupar un alojamiento tranquilo y entregarse al trato con sus semejantes.