que el estrafalario objeto había sido descrito en la instrucción y se venía comentando desde entonces en todas las casitas.
Y como se había visto salir el carro del jardín de la viuda, a los aldeanos se les ocurrió naturalmente que la señora Jasher había estado ocultando la momia.
Al poco tiempo se extendió el rumor de que también había asesinado a Bolton, pues a menos que lo hubiera hecho, ciertamente —según la lógica del pueblo— no se habría adueñado del botín.
Finalmente, como las puertas y ventanas de la señora Jasher eran pequeñas y la momia bastante voluminosa, era natural suponer que la había escondido en el jardín.
Los rumores decían que la había enterrado y que la había desenterrado justo a tiempo para ser sorprendida por su legítimo dueño. De lo cual se deduce que los chismes no son invariablemente precisos.
Sea como fuere, la noticia de la buena fortuna del profesor Braddock llegó al poco a los oídos de Don Pedro por mediación de la dueña de la pensión. Como ella reveló lo que había escuchado por la mañana, el caballero peruano se libró de una noche en blanco. Pero tan pronto como supo la verdad —bastante sorprendente por lo inesperada—, terminó apresuradamente su desayuno y se apresuró a marchar hacia las Pirámides. Hasta entonces no había tenido intención de ver a Braddock con tanta prontitud, o al menos no hasta haber hecho más averiguaciones en Pierside, pero la noticia de que Braddock poseía el ancestro real de los De Gayangoses lo llevó de inmediato al museo. Saludó al profesor de su manera habitual, grave y digna, y nadie habría adivinado por su calma innata que la inesperada noticia de la llegada de Braddock, y la información aún más inesperada sobre la momia verde, lo