La señorita Kendal podría haber señalado que su padrastro no había hecho otra cosa que ocuparse de sí mismo. Pero desdeñó tal argumento y, sin decir una palabra más, abrió la puerta y salió. Casi inmediatamente después entró Cockatoo, para gran alivio del profesor, quien desahogó sus sentimientos pateando al desafortunado kanaka. Luego volvió a sentarse para considerar los medios y recursos necesarios para obtener la momia indispensable y el dinero, aún más indispensable.
Table of Contents
CAPÍTULO VII. EL CAPITÁN DEL *DIVER*
97