—No me importa, ya que puedes controlarlos —dijo De Gayangos con frialdad—. Tuve que dar la señal.
—Y todos tenemos revólveres —dijo Random rápidamente—. Hervey no es un hombre muy seguro con el que medirse, inspector.
—¿Espera que haya pelea? —dijo Date mientras todos observaban cómo arriaban un bote—. De ser así, podría habérmelo dicho, y yo también habría traído un revólver. No es que crea que haga falta. La sola vista de mi uniforme bastará para demostrarle a este hombre que tengo la ley de mi parte.
—No creo que eso le importe a Hervey —dijo Archie con sequedad—. Todo lo que he visto de él me sugiere que es un hombre singularmente reacio a la ley.
Date rizó el ceño con buen humor.
—Me parece, caballeros, que me han traído a una expedición filibustera —dijo, y pareció disfrutar de la insólita situación. Date había estado envuelto en el algodoncillo de la civilización durante mucho tiempo, pero sus instintos primitivos afloraron a la superficie ahora que tenía que enfrentarse a una más que probable pelea callejera—. Pero no creo que haya ningún combate —dijo con pesar—. Mi uniforme resolverá el asunto.
Sin duda pareció disgustarle considerablemente al capitán Hervey, pues, a medida que la barca se acercaba a la orilla y la luz de la luna revelaba un abrigo claramente oficial, dio una orden. El hombre dejó de remar y la embarcación se meció suavemente, a cierta distancia del muelle.
—Trae usted consigo una buena y altanera compañía, Don Pedro —le espetó Hervey con gran disgusto—. ¡Acaso ese ángel con uniforme militar y botones de latón sea el todopoderoso aristócrata!