—Tengo que trabajar un poco esta tarde —dijo el profesor.
—Oh, padre, cuando dijiste que te tomarías unas vacaciones —dijo Lucy con reproche.
—Lo estoy haciendo ahora mismo. Mira los preciosos minutos que estoy desperdiciando en comer, querida. La vida es corta y queda mucho por hacer en el ámbito de la exploración egipcia. Ahí está el sepulcro de la reina Tahoser. Si tan solo pudiera entrar en él —suspiró, mientras se servía crema.
—¿Por qué no lo hace? —preguntó la señora Jasher, que empezaba a desistir de su empeño con Braddock, pues de nada servía cortejar a un hombre cuyos intereses se centraban exclusivamente en las tumbas egipcias.
—Todavía no lo he descubierto —dijo el profesor con sencillez; luego, entusiasmándose con el tema de su agrado, miró a su alrededor e impartió una breve conferencia histórica—. Tahoser fue la esposa principal y reina de un famoso faraón; el faraón del Éxodo, de hecho.
—¿El que se ahogó en el mar Rojo? —preguntó Archie con indiferencia.
—Pues sí, pero eso ocurrió después. Antes de perseguir a los hebreos —si hemos de dar crédito al relato mosaico—, este faraón marchó adentrándose en el interior de África —la Libia de los antiguos— y conquistó a los nativos del Alto Etiopía. Estando profundamente enamorado de su reina, se la llevó consigo en esta expedición, y ella murió antes de que el faraón regresara a Menfis. A partir de documentos que descubrí en el museo de El Cairo, tengo razones para creer que el faraón la enterró con gran pompa en Etiopía, sacrificando, según creo, a muchos prisioneros en sus suntuosos ritos funerarios.