—¡Pues a pesar de todo, usted vive aquí! —interpuso la señora Jasher con viveza y con una mirada pícara hacia Lucy.
Archie captó la mirada y vio el rubor en el rostro de la señorita Kendal.
—Ha respondido usted misma a su pregunta, señora Jasher —dijo él, sonriendo—. Tengo el aliciente al que alude para quedarme aquí y, desde luego, como pintor paisajista, admiro las marismas y las puestas de sol. Como artista y hombre comprometido me detengo en Gartley, de lo contrario me marcharía. Pero no alcanzo a comprender por qué una dama con los atractivos de usted debería...
—Puede que también tenga una razón sentimental —interrumpió la viuda, con una mirada astuta hacia el ausente profesor, que estaba dibujando jeroglíficos en el mantel con un tenedor—; además, mi cabaña es barata y muy cómoda. El difunto señor Jasher no me dejó suficiente dinero para vivir en Londres. Era cónsul en China, ya sabe, y los cónsules nunca están muy bien pagados. Sin embargo, llegaré a percibir unos ingresos cuantiosos.
—En efecto —dijo Lucy cortésmente, preguntándose por qué la señora Jasher era tan comunicativa—. Pronto, espero.
—Puede ser muy pronto. Mi hermano, ya sabe, es comerciante en Pekín. Ha vuelto a casa para morir y no está casado. Cuando muera, iré a Londres. Pero —añadió la viuda, pensativa y volviendo a mirar al Profesor—, me dará pena dejar al querido Gartley. Aun así, el recuerdo de las horas felices pasadas en esta casa permanecerá siempre conmigo. ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! —y se llevó el pañuelo a los ojos.
Lucy telegrafió a Archie que la viuda era una farsante, y Archie le telegrafió de vuelta que estaba totalmente de acuerdo con ella. Pero el Profesor, a quien el momentáneo silencio había devuelto al siglo presente, levantó la vista y le preguntó a Lucy si la cena había terminado.