Lucy y la señora Jasher mantenían una conversación confidencial en el pequeño salón rosa.
Fiel a su promesa, la señorita Kendal había acudido a arreglar las cosas entre el fogoso profesorcito y la viuda. Pero no era una tarea fácil, ya que la señora Jasher estaba indignada con toda la justicia ante las temerarias palabras que le había dirigido.
—Como si yo supiera algo del asunto —repetía una y otra vez con tono enfadado—. ¡Vaya, querido, poco le faltó para decirme que había asesinado...!
Lucy no la dejó terminar.
—¡Ya, ya! —dijo, hablándole como le habría hablado a un niño impaciente—, ya sabes cómo es mi padre.
—Me parece que apenas estoy empezando a aprender —dijo la viuda con amargura—, y sabiendo lo propenso que es a creer lo peor de mí, creo que es mejor que nos separemos para siempre.
—Pero nunca serás Lady Braddock.
“Aun si me casara con él, no estoy segura de que lo fuera, ya que me he enterado de que su hermano es singularmente sano y viene de una familia longeva. Y no va a ser agradable vivir con tu padre cuando tiene semejante genio”.
—Eso fue solo porque estaba emocionado. Piensa en tu salón y en la posición que deseas ocupar en Londres.