El semanario emprendedor que había ofrecido la casa amueblada y la renta vitalicia a la persona que encontrara al asesino recibió un aviso del Gobierno de que no se podía permitir tal lotería. El periódico, por lo tanto, volvió a los limericks, y los detectives aficionados, como tantos Otelos, se quedaron sin su ocupación. Luego tuvo lugar una crisis política en el Lejano Oriente, y el público voluble relegó el asesinato de Bolton a la lista de crímenes sin resolver. Incluso los detectives de Scotland Yard, al no encontrar ninguna pista, perdieron el interés en el asunto, y parecía como si el misterio de la muerte de Bolton no fuera a resolverse hasta el Día del Juicio Final.
En el pueblo, sin embargo, la gente aún seguía mostrando un vivo interés, ya que Bolton era uno de los suyos y, además, la viuda Anne mantenía un perpetuo revuelo en torno a su muchacho asesinado.
Ella había perdido la pequeña suma semanal que Sidney le pasaba de su salario, así que los vecinos, los terratenientes de la comarca y los oficiales del fuerte le mandaban abundante ropa para lavar. En pocas semanas, la viuda Anne montó un negocio bastante grande para el tamaño del pueblo y le comentó filosóficamente a una vecina que «no hay mal que por bien no venga», añadiendo además que Sidney le resultaba más útil muerto que vivo.
Pero incluso en Gartley los aldeanos se cansaron de debatir sobre un misterio que jamás podría resolverse, por lo que el caso empezó a mencionarse rara vez.
En estos días de ajetreo, preocupación y competencia, es maravilloso cómo la gente llega a olvidar hasta los acontecimientos importantes. Si en lugar de un sol amarillo surgiera uno azul para iluminar el mundo, tras nueve días de asombro, el hombre se adaptaría con total comodidad a una existencia cerúlea. Tal es la maravillosa capacidad de adaptación de la humanidad.