verse tan preocupada. Pero así era, y no lo disimulaba en absoluto, dado que se encontraba completamente sola.
Al cabo de un rato fue a su escritorio y sacó un fajo de facturas y algunas otras cartas, además de un libro de contabilidad y una libreta de ahorros. Sobre ellos estuvo sopesando durante una hora larga. El reloj dio las nueve antes de que levantara la vista de aquella desagradable tarea, y descubrió que su situación financiera no era nada satisfactoria. Con un suspiro de cansancio se levantó y se miró fijamente en el espejo sobre la chimenea, frunciendo el ceño al hacerlo.
—A menos que pueda casarme con el Profesor de inmediato, no sé qué será de mí —meditó sombríamente—. Las he estado apañando muy bien hasta ahora, pero las cosas están llegando a un punto crítico. Estos demonios —aludió a sus acreedores— no van a contenerse por mucho más tiempo, y entonces se vendrá abajo el mundo. Tendré que irme de Gartley tan pobre como cuando vine, y no quedará nada más que la vieja vida de pesadilla, desesperación y horror. Envejezco cada día, y esta es mi última oportunidad de casarme. Debo obligar al Profesor a celebrar una boda rápida. ¡Tengo que hacerlo! ¡Tengo que hacerlo!, y comenzó a recorrer la diminuta habitación en un frenesí de terror y muy fundamentada alarma.
Mientras intentaba calmarse y lo conseguía con muy poco éxito, Jane entró en la habitación con una tarjeta. Resultó ser la de Sir Frank Random.
—Es una hora un tanto tardía para una visita —le dijo la señora Jasher al criado—.
Sin embargo, me siento tan aburrida que tal vez él logre animarme. Pídele que pase.
Cuando Jane se marchó, se quedó inmóvil por un momento o algo así, intentando pensar por qué el joven había llamado a una hora tan