lo sabía. Y ya he explicado por qué quería la momia. Pero jamás se me ocurrió, hasta oír lo que dice usted ahora, que esta momia —señaló con la cabeza la urna verde— era la que usted le había robado en Lima a De Gayangos. Pero debe hacerme justicia, capitán Hervey, diciéndole a don Pedro que yo jamás aprobé el robo.
“¡No! Bastante honrado fuiste, supongo. El pecado recae sobre mis propios benditos hombros, y no pido que se me desplace”.
—¿Qué hiciste con la copia del manuscrito? —preguntó don Pedro.
Hervey rumió.
—No puedo pensar —meditó—. Encontré una perorata en latín junto a la momia, cuando la robé de tu casa de Lima, pero se me fue de la cabeza qué fue de ella. Tal vez se la pasé al hombre de París, y él la vendió junto con el cadáver al caballero maltés.
“Pero te digo que esta copia fue encontrada en la habitación de Sir Frank”, insitió De Gayangos. “¿Cómo llegó a estar ahí?”
El capitán Hervey se levantó y dio un paseo de un lado a otro de la habitación. Cuando Cockatoo se le cruzo en el camino, lo apartó de una patada con total tranquilidad.
—¿Qué le parece, señor Hope? —preguntó, deteniéndose por completo frente a Archie, mientras Cockatoo se alejaba con el ceño muy fruncido.
—No sé qué pensar —respondió el joven sin vacilar—, salvo que sir Frank es un muy buen amigo mío, y que doy por buena su palabra de que no sabe cómo llegó el manuscrito a esconderse en su librería.
—¡Ja! —dijo Hervey con desprecio, y dio otra vuelta por la habitación en silencio—. Supongo que tu amigo no es un hombre blanco.
Hope se puso de pie de un salto.