Braddock se pelliscó el mentón regordete y respondió con suficiente presteza.
“Ciertamente, Don Pedro. Deseaba conocer la diferencia en el embalsamamiento entre los egipcios y los antiguos peruanos, y busqué un cadáver sudamericano. Inesperadamente vi en varios periódicos europeos y en dos revistas inglesas que una momia peruana verde estaba a la venta en Malta por mil libras. Envié a mi ayudante, Sidney Bolton, a comprarla, y él se las arregló para conseguirla, con ataúd y todo, por nueve pocas menos. Estando en Malta, y antes de emprender el viaje de regreso en The Diver con la momia, me escribió un relato de la transacción. El vendedor —que era hijo de un coleccionista maltés— le dijo a Bolton que su padre había adquirido la momia en París hacía más de veinte años. Provenía de Lima unos treinta años atrás, creo, y, según el coleccionista de París, era el cadáver del inca Caxas. Esa es toda la historia”.
Don Pedro asintió con gravedad.
—¿Fue entregado un manuscrito en latín junto con la momia? —preguntó él.
Los ojos de Braddock se abrieron de par en par.
—No, señor. La momia llegó hace treinta años de Lima a París. Hace veinte pasó a ser posesión del coleccionista maltés, y su hijo me la vendió hace unos meses. Jamás he oído hablar de ningún manuscrito.
“¿Entonces el señor Hope no le repitió lo que le dije la otra noche?”
El Profesor se sentó y su boca se puso obstinada.
“El señor Hope relató cierta historia que usted le contó a él y a otros acerca de que esta momia le había sido robada”.