que no posee ninguna cualidad susceptible de ser envidiada por quienes lo rodean pertenece con certeza a la gran masa de la humanidad. Pero estas unidades insignificantes de la humanidad siempre pueden consolarse con el indudable hecho de que la mediocridad es invariablemente feliz.
Un hombre como Random nunca descubriría la pólvora, y desde luego no tenía la ambición de realizar semejante proeza. Le gustaba su profesión y tenía la intención de permanecer en el ejército todo el tiempo que pudiera. Deseaba casarse y engendrar una familia, y retirarse, una vez liberado de la vida militar, a su casa de campo, y allí desempeñar sin tacha el grato papel de hacendado rural, hasta que lo llamaran a unirse a los respetables cadáveres en la cripta de los Random.
No es que fuera un santo ni pudiera serlo jamás. Ni blanco ni negro, era sencillamente gris, al ser una mezcla ordinaria de bondad y maldad. Como la teología no ha previsto un más allá para la gente gris, es difícil imaginar adónde irá la mayor parte de la humanidad.
Pero las dudas sobre este punto jamás perturbaron a Random. Iba a la iglesia, mantenía la boca cerrada y los poros abiertos, y creía vagamente que de algún modo todo saldría bien. Una filosofía muy cómoda, aunque ciertamente superficial.
Se puede adivinar fácilmente que la personalidad un poco descolorida de Random jamás atraería a Lucy Kendal, puesto que los matices de su propio carácter eran más profundos. Por esta razón se sintió atraída hacia Hope, quien poseía ese temperamento artístico agresivo, donde lo bueno y lo malo se encuentran en violento contraste. Random adoptaba opiniones de los libros o de otras personas, y su mente, como un espejo, reflejaba cualquier cosa que se le cruzara; pero