—No lo he visto —dijo De Gayangos con su solemne manera de ser—, y lo siento mucho, pues deseo interrogarlo acerca de la acusación que ha tenido la osadía de lanzar contra mi buen amigo, sir Frank Random. Ojalá estuviera aquí en este mismo instante para poder decirle lo que pienso de semejante cargo.
Apenas hubo hablado don Pedro, sucedió lo inesperado, como si algún genio hubiera obedecido sus órdenes. Como transportado a la habitación por arte de magia, apareció el capitán norteamericano, no a través del suelo, sino por la puerta. Una criada lo dejó entrar y anunció su nombre, y luego huyó para evitar la ira de su amo, al ver que había violado los recintos sagrados del museo.
El capitán Hervey, divertido por la sorpresa visible en todos los rostros, se acercó con paso pausado, con el sombrero puesto y el puro en la boca como de costumbre. Pero al ver a Lucy, se quitó ambos con una cortesía que apenas cabía esperar de un marino tan tosco, resuelto y rudo.
—Le ruego que me disculpe por venir sin ser invitado —dijo Hervey con torpeza—, pero he estado persiguiendo al conde por todo Pierside y a través de este pueblo. Me dijeron en la comisaría que usted —se dirigió a De Gayangos— había desandado el camino, así que aquí estoy para mantener una pequeña conversación en privado.
El peruano miró gravemente el rostro de Hervey, que se veía claramente en la potente luz de las numerosas lámparas con las que estaba lleno el museo, y se levantó para hacer una reverencia.
—Me alegro de verle, caballero —dijo con educación y con una mirada todavía más penetrante—. Con el permiso de nuestro anfitrión, le pediré que tome asiento —y se volvió hacia Braddock.