«Bolton ha muerto; asesinado, supongo, ya que dudo mucho que se haya clavado a sí mismo en una caja de embalaje. ¡Pero en lo que estoy pensando es en mi preciosa momia, Painter! Una momia —si es que sabes lo que es una momia— que me costó novecientas libras. Entre, hombre. Entre y no se quede ahí con la boca abierta. ¿No ve que el señor Hope ha abierto la puerta? He enviado a Cockatoo a Pierside para avisar a la policía. No tardarán en llegar. Mientras tanto, doctor, puede examinar el cuerpo, y Painter aquí presente puede dar su opinión sobre quién robó mi
—El asesino robó la momia —dijo Archie mientras los cuatro hombres entraban al museo—, y sustituyó el cuerpo del hombre asesinado.
—Eso es el abecé de las cosas —espetó Braddock, irrumpiendo en la vasta estancia—, pero nosotros queremos saber el nombre del asesino, si hemos de vengar a Bolton y recuperar mi momia. ¡Oh, qué pérdida!, ¡qué pérdida! He perdido novecientos libras, o digamos mil, si consideramos el costo de traer al inca Caxas a Inglaterra.
Archie se abstuvo de recordarle al Profesor quién había perdido realmente el dinero, ya que el científico no se encontraba en condiciones de mantener una conversación razonable, y parecía mucho más preocupado por la pérdida de su reliquia humana peruana que por la terrible muerte de Sidney Bolton.
Pero para entonces Painter —un joven agente de policía rubio y de pocas luces— estaba examinando la caja de embalaje y observando a los muertos. El doctor Robinson también miró con ojo profesional y Braddock, enjugándose el rostro amoratado y jadeando de agotamiento, se sentó sobre un sarcófago de piedra. Archie, cruzándose de brazos, se recostó contra la pared y esperó en silencio a oír lo que los expertos en crimen y medicina tendrían que decir.