Ni Lucy ni Archie Hope habían visto nunca la momia, pero conocían el aspecto que presentaría, ya que el profesor Braddock, con el entusiasmo de un arqueólogo, se la había descrito a menudo. Al parecer, según Braddock, al comprar el precioso cadáver en Malta, su difunto ayudante había escrito a su casa una descripción completa del tesoro.
En consecuencia, al estar avisado de antemano, Hope no tuvo dificultad en reconocer la caja de forma extraña, hecha en cierto modo a la usanza egipcia. En un impulso del momento, había proclamado que aquella era la momia perdida hacía tanto tiempo, y cuando un examen más detenido a la luz de una cerilla reveló el tono verdoso de la madera del ataúd, supo que tenía razón.
Pero ¿qué hacía la momia en su antiguo sarcófago en la glorieta de la señora Jasher? Esa era la pregunta silenciosa que los dos jóvenes se hacían a sí mismos y el uno al otro, mientras permanecían de pie bajo la fría luz de la luna, mirando fijamente aquella cosa grotesca. La momia había desaparecido del Sailor's Rest en Pierside hacía algunas semanas, y ahora aparecía de forma inesperada en un jardín solitario, rodeado de marismas. Cómo la habían llevado allí, o por qué la habrían llevado allí, o quién la había transportado a un lugar tan inverosímil, eran preguntas difíciles de responder. Sin embargo, lo más evidente era interrogar a la señora Jasher, ya que aquel siniestro objeto yacía a un tiro de piedra de su casa. Lucy, tras intercambiar un par de rápidas palabras, fue a tocar el timbre y a llamar a la señora, mientras Archie se quedaba junto a la glorieta, preguntándose