murió a causa delcohól a una edad avanzada, dejando a la señora Jasher convertida en una viuda más bien entrada en años.
La pobre mujer volvió a subirse a las tablas y trató de ganar su pan, pero sin éxito. Después dio conferencias. Luego llevó una casa de huéspedes y, por fin, trabajó de enfermera.
De todas las maneras posibles, al parecer, intentó mantenerse a flote y vagó por el mundo como un ave de paso, sin encontrar descanso en ninguna parte para la planta de su pie.
Aun así, a lo largo de su relato, ambos jóvenes pudieron ver que ella siempre había aspirado a una existencia tranquila, decente y respetuosa, y que solo la fuerza de las circunstancias la había arrojado al torbellino de la vida.
—Como dije —observó Random en este punto—, la miserable criatura era más digna de compasión que culpable.
—Sin embargo, su sentido moral parecía haberse embotado —dijo Archie con dudas.
—Y no es de extrañar, en medio de tales circunstancias; pero me parece que ella se portó mucho mejor de lo que cualquier otra mujer lo habría hecho dadas las circunstancias. Continúa.
En Melbourne, la señora Jasher hizo una especulación afortunada en minas que le produjo mil libras. Con esto vino a Inglaterra y se propuso pugnar por la respetabilidad. El azar la condujo a los vecindarios de Gartley y, pensando que si plantaba su tienda en esa localidad podría apañárselas para casarse con un oficial del Fuerte —puesto que, en medio de tan lúgubres alrededores, un joven podría dejarse fascinar más fácilmente por una mujer mundana—, alquiló por un bajo precio la cabaña en medio de las marismas. Aquí esperaba estirar el dinero que le