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nydus/The Green MummyPublic
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CAPÍTULO VI. LA INVESTIGACIÓN

El forense —un médico anciano y de corto genio, causado por la ambición frustrada de un practicante de provincias— abrió el acto con un discurso tajante, en el que expuso los detalles del crimen con la misma audacia con que habían sido publicados por los periódicos.

A continuación, se presentó ante el jurado un plano del Descanso del Marinero, y el forense llamó la atención de los doce hombres buenos y honrados sobre el hecho de que el dormitorio ocupado por el difunto estaba en la planta baja, con una ventana que daba al río, situado a apenas un tiro de piedra.

—De modo que verán ustedes, caballeros —dijo el forense—, que la dificultad del asesino para abandonar el hotel con su botín no era tan grande como se ha imaginado. Le bastaba con abrir la ventana en las tranquilas horas de la noche, cuando no había nadie, y pasar la momia a su cómplice, que probablemente esperaba afuera. También es probable que hubiera una barca aguardando junto a la orilla del río y, una vez colocada la momia en ella, el asesino y su amigo pudieron alejarse remando hacia lo desconocido sin la más mínima posibilidad de ser descubiertos.

El inspector Date—un hombre alto, delgado y erguido, de mandíbula férrea y expresión severa— llamó la atención del juez de instrucción sobre el hecho de que no había pruebas que demostrasen que el asesino tuviera un cómplice.

—Lo que usted ha afirmado, señor, puede haber ocurrido —carraspeó Date con voz militar—, pero no podemos demostrar la verdad de su suposición, ya que las pruebas de las que disponemos son meramente circunstanciales.

—Nunca sugerí que fuera otra cosa —espetó el juez de instrucción—. Pierde el tiempo al rebatir mis declaraciones. Diga lo que tenga que decir, señor inspector, y presente a sus testigos —si es que tiene alguno—.

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