Pero en esta ocasión, al ver que los testigos que podía presentar resolverían el misterio de la primera muerte tanto como el de la segunda, el inspector Date exultó en gran manera. Se veía a sí mismo ascendido y con el sueldo aumentado, y su nombre alabado en los periódicos como un oficial celoso y astuto. Para cuando llegó el momento de celebrar la instrucción, el inspector se había convencido a base de hablar de ello de que todo el misterio había sido resuelto por él mismo. Pero antes de que ese momento llegara ocurrió otro acontecimiento que dejó a todos atónitos, y que hizo que la fase final del crimen de la momia verde fuera aún más sensacional de lo que había sido. Y sabe Dios que, de principio a fin, no había faltado melodrama de la más estridente descripción.
Don Pedro de Gayangos estaba sumamente asombrado por el giro inesperado que había tomado el caso. Que hubiera estado intentando resolver un profundo misterio durante tanto tiempo y que la solución, todo el tiempo, hubiera estado en manos del Profesor, lo desconcertó sobremanera. Admitió que nunca le había gustado Braddock, pero explicó que no esperaba enterarse de que el fogoso y pequeño científico fuera un canalla tal.
Pero, como confesó Don Pedro, no hay mal que por bien no venga, cuando el resultado de todo aquel misterioso y trágico asunto fue la recuperación de al menos una esmeralda. Sir Frank se la llevó en la tarde del día posterior a la muerte de la señora Jasher, y mientras todo el pueblo bullía de emoción. Fue Random quien dio todos los detalles a doña Inez y a su padre, conduciéndolos de una revelación a otra, hasta que remató toda aquella extraordinaria historia sacando a relucir la espléndida gema.
—¡Mío! ¡Mío! —dijo don Pedro, con los ojos oscuros brillando—. Gracias a la Virgen y a los santos —y bajó la cabeza para hacerse devotamente la señal de la cruz en el pecho.