Yacía, dijo, tendido de cuerpo entero sobre la nieve, con los brazos extendidos por encima de la cabeza hacia el borde del acantilado, y cuando me mostró el lugar, caí en la cuenta de que era exactamente el mismo sitio donde lo había visto aquellas otras noches, con los brazos alzados en súplica hacia los cielos.
No había signos de violencia en el cuerpo y, con la ayuda de un médico local, el jurado del forense llegó rápidamente a un veredicto de muerte por insuficiencia cardíaca.
A solas en el estudio, abrí la caja fuerte y retiré el contenido del cajón en el que me había dicho que encontraría mis instrucciones. Eran en parte bastante peculiares, pero las he seguido hasta el último detalle con la mayor fidelidad que me fue posible.
Él ordenó que trasladara su cuerpo a Virginia sin embalsamar, y que fuera colocado en un ataúd abierto dentro de una tumba que él previamente había mandado construir y que, como supe más tarde, estaba bien ventilada. Las instrucciones me inculcaron que debía cerciorarme personalmente de que esto se llevara a cabo tal como él lo había mandado, incluso en secreto si fuera necesario.
Su propiedad quedó dispuesta de tal modo que yo había de recibir la totalidad de los ingresos durante veinticinco años, al término de los cuales el capital pasaría a serme propio. Sus ulteriores instrucciones se referían a este manuscrito, que debía conservar sellado y sin leer, tal como lo encontré, durante once años; ni tampoco debía divulgar su contenido hasta veintiún años después de su muerte.
Una extraña característica de la tumba, donde aún yace su cuerpo, es que la enorme puerta está equipada con una sola y descomunal cerradura de resorte chapada en oro que solo puede abrirse desde el interior.
Muy atentamente,