de edificios deshabitados en su propio barrio de la ciudad; a cada comunidad se le asignaba una sección determinada de la ciudad. La selección de los edificios debía hacerse de acuerdo con estas divisiones, excepto en lo que respecta a los jeds, los cuales ocupaban todos edificios que daban a la plaza.
Cuando por fin hube puesto mi casa en orden, o más bien visto que se había hecho, se acercaba la puesta de sol y me apresuré a salir con la intención de localizar a Sola y a sus protegidos, ya que me había propuesto hablar con Dejah Thoris e intentar inculcarle la necesidad de que al menos hiciéramos una tregua hasta que pudiera encontrar alguna manera de ayudarla a escapar. Busqué en vano hasta que el borde superior del gran sol rojo apenas desaparecía tras el horizonte y entonces atisbé la fea cabeza de Woola asomándose por una ventana del segundo piso en el lado opuesto de la misma calle donde me hospedaba, pero más cerca de la plaza.
Sin esperar a más invitaciones, subí de un salto por la rampa de caracol que conducía al segundo piso y, al entrar en una gran sala al frente del edificio, me recibió el frenético Woola, que arrojó su enorme cuerpo sobre mí y casi me tira al suelo; el pobre viejo estaba tan contento de verme que pensé que me devoraría, con la cabeza abierta de oreja a oreja, mostrando sus tres hileras de colmillos en su sonrisa de duende.
Callándolo con una palabra de orden y una caricia, busqué apresuradamente a través de la penumbra que se acercaba en busca de una señal de Dejah Thoris y luego, al no verla, la llamé por su nombre.
Hubo un murmullo de respuesta desde el rincón más alejado de la estancia, y con un par de zancadas rápidas me encontraba a su lado, donde ella se acurrucaba entre las pieles y las sedas sobre un antiguo asiento de madera tallada. Mientras esperaba, ella se incorporó en toda su estatura y, mirándome fijamente a los ojos, dijo:
«¿Qué desea Dotar Sojat, el thark, de su cautiva Dejah Thoris?»