un codo y contemplaba la batalla con los ojos muy abiertos y fijos. Cuando hube recuperado la pie, la tomé en mis brazos y la llevé a uno de los bancos a un lado de la habitación.
Nadie me interrumpió de nuevo, y arrancando un trozo de seda de mi capa me esforcé por contener la sangre que le brotaba de las fosas nasales. Pronto lo conseguí, pues sus heridas no pasaban de ser poco más que una hemorragia nasal común, y cuando pudo hablar, puso su mano sobre mi brazo y, mirándome a los ojos, dijo:
—¿Por qué lo hiciste? ¡Tú, que me negaste hasta un saludo amistoso en la primera hora de mi peligro! Y ahora arriesgas tu vida y matas a uno de tus compañeros por mi causa.
No lo puedo entender. ¿Qué clase de hombre extraño eres, que te juntas con los hombres verdes, aunque tu forma es la de mi raza, mientras que tu color es poco más oscuro que el de la gran simia blanca? Dime, ¿eres humano, o eres más que humano?