anunciaban su presencia con chillidos y ronquidos aterrorizados al percibir el olor de nuestras extrañas y salvajes bestias y de nuestros seres humanos aún más salvajes.
Solo una vez percibí a un ser humano, y fue en la intersección de nuestro cruce de caminos con la ancha y blanca carretera principal que corta cada distrito cultivado longitudinalmente por su centro exacto.
El tipo debía de estar durmiendo junto al camino, pues, al ponerme a su altura, se incorporó apoyándose en un codo y, tras una sola mirada a la caravana que se acercaba, se puso en pie dando gritos y huyó locamente por el camino, escalando un muro cercano con la agilidad de un gato asustado.
Los tharks no le prestaron la más mínima atención; no estaban en pie de guerra, y la única señal que tuve de que lo habían visto fue una aceleración en el paso de la caravana mientras nos apresurábamos hacia el desierto limítrofe que marcaba nuestra entrada en el reino de Tal Hajus.
Ni una sola vez hablé con Dejah Thoris, pues no me envió ningún recado para decirme que sería bienvenido en su carruaje, y mi necio orgullo me impidió dar el primer paso.
Ciertamente creo que el modo en que un hombre trata a las mujeres está en razón inversa a su valor entre los hombres. El debilucho y el tonto suelen tener una gran facilidad para encantar al bello sexo, mientras que el guerrero capaz de enfrentar mil peligros reales sin temor, se sienta a la sombra como un niño asustado.
Apenas treinta días después de mi llegada a Barsoom, entramos en la antigua ciudad de Thark, a cuyos pueblos largamente olvidados esta horda de hombres verdes ha robado hasta el nombre. Las hordas de Thark suman unas treinta mil almas y están divididas en veinticinco comunidades. Cada comunidad tiene su propio jed y jefes menores, pero