llevado muy lejos en el espacio, donde se la puede ver hoy, con la ayuda de potentes telescopios, surcando los cielos a diez mil millas de Marte; un diminuto satélite que así circundará Barsoom hasta el fin de los tiempos.
El cuarto día después de mi llegada a Zodanga hice mi primer vuelo, y como resultado de él gané un ascenso que incluyó aposentos en el palacio de Than Kosis.
Al elevarme sobre la ciudad di varias vueltas, como había visto hacer a Kantos Kan, y luego, poniendo mi motor a máxima velocidad, corrí a una velocidad tremenda hacia el sur, siguiendo una de las grandes vías fluviales que entran en Zodanga desde esa dirección.
Había recorrido quizá doscientas millas en algo menos de una hora cuando divisé muy por debajo de mí a un grupo de tres guerreros verdes que corrían desbocados hacia una pequeña figura a pie que parecía intentar llegar a los confines de uno de los campos amurallados.