de que hablaban, o al menos podían hacerse entender en un idioma común. Con este incentivo adicional, casi volví loca a Sola con mis insistencias para que apresurara mi educación y, al cabo de pocos días más, hube dominado la lengua marciana lo suficiente como para poder mantener una conversación aceptable y comprender a la perfección prácticamente todo lo que oía.
A estas alturas nuestros aposentos estaban ocupados por tres o cuatro hembras y un par de crías recién nacidas, además de Sola y su joven pupilo, yo mismo y el sabueso Woola.
Después de retirarse a dormir, era costumbre entre los adultos mantener una conversación deshilvanada durante un breve rato antes de caer en el sueño, y ahora que podía entender su idioma siempre escuchaba con mucha atención, aunque nunca hacía ningún comentario por mi parte.
En la noche siguiente a la visita del prisionero a la cámara de audiencia, la conversación recayó finalmente sobre este asunto, y al instante presté la máxima atención.
Había temido interrogar a Sola en relación con la hermosa cautiva, ya que no podía dejar de recordar la extraña expresión que había notado en su rostro tras mi primer encuentro con el prisionero. No podía afirmar que denotara celos, y sin embargo, juzgando todas las cosas según los patrones mundanos como aún lo hacía, creí más seguro fingir indiferencia en el asunto hasta conocer con más certeza la actitud de Sola hacia el objeto de mi inquietud.
Sarkoja, una de las mujeres mayores que compartían nuestro domicilio, había estado presente en la audiencia como una de las guardias de la cautiva, y fue hacia ella a quien se dirigió la pregunta.