aproximadamente un uno por ciento, eclosionaban en dos días. Si los huevos restantes llegaban a eclosionar, no sabíamos nada de la suerte de los pequeños marcianos. No eran deseados, ya que su descendencia podría heredar y transmitir la tendencia a una incubación prolongada, alterando así el sistema que se ha mantenido durante edades y que permite a los marcianos adultos calcular el momento adecuado para el regreso a las incubadoras, casi con una hora de precisión.
Las incubadoras se construyen en refugios remotos, donde hay pocas o nulas probabilidades de que sean descubiertas por otras tribus.
El resultado de una catástrofe semejante significaría que no habría niños en la comunidad durante otros cinco años.
Más tarde sería testigo de los resultados del descubrimiento de una incubadora ajena.
La comunidad, de la cual los marcianos verdes con los que me tocó en suerte convivir formaban parte, estaba compuesta por unas treinta pocas almas. Ermraron por una enorme extensión de tierra árida y semiárida situada entre los cuarenta y los ochenta grados de latitud sur, limitada al este y al oeste por dos grandes extensiones fértiles. Su campamento principal se encontraba en la esquina sudoeste de este distrito, cerca del cruce de dos de los llamados canales marcianos.
Como la incubadora había sido colocada muy al norte de su propio territorio, en una zona supuestamente deshabitada y poco frecuentada, teníamos por delante un viaje tremendo sobre el cual, por supuesto, yo no sabía nada.
Tras nuestro regreso a la ciudad muerta pasé varios días en relativa ociosidad. El día después de nuestra vuelta, todos los guerreros habían cabalgado hacia fuera temprano por la mañana y no habían regresado hasta justó