Mis revólveres estaban ceñidos a mi cuerpo sin vida que, por alguna razón inescrutable, no lograba obligarme a tocar. Mi carabina estaba en su funda, atada a la silla, y como mi caballo se había alejado, me encontraba sin medios de defensa.
Mi única alternativa parecía radicar en la huida, y mi decisión se cristalizó con la recurrencia del sonido crujiente de aquella cosa que ahora parecía, en la oscuridad de la cueva y ante mi imaginación alterada, deslizarse sigilosamente hacia mí.
Incapaz ya de resistir la tentación de escapar de este horrible lugar, salté rápidamente a través de la abertura hacia la luz estelar de una despejada noche de Arizona.
El aire fresco y puro de la montaña fuera de la cueva actuó como un tónico inmediato y sentí que una nueva vida y un nuevo valor recorrían mi ser.
Deteniéndome en el borde de la cornisa, me recriminé por lo que ahora me parecía un temor totalmente injustificado. Razoné conmigo mismo que había estado yaciente e indefenso durante muchas horas dentro de la cueva, y sin embargo nada me había molestado, y mi sano juicio, cuando se le permitió la dirección de un razonamiento claro y lógico, me convenció de que los ruidos que había escuchado debían de ser producto de causas puramente naturales e inofensivas; probablemente la conformación de la cueva era tal que una ligera brisa había provocado los sonidos que escuché.
Decidí investigar, pero primero levanté la cabeza para llenar mis pulmones con el aire nocturno, puro y vigorizante de las montañas. Al hacerlo, vi extenderse muy por debajo de mi la hermosa vista de la garganta rocosa y el llano nivelado y salpicado de cactus, transformados por la luz de la luna en un milagro de suave esplendor y maravilloso encanto.