problema inmediato del trato que le daban. Que la mantuvieran alejada de mí no era motivo de sorpresa, pero que la sometieran a un trabajo peligroso y arduo me llenaba de furia.
—¿Te han sometido alguna vez a la crueldad y a la ignominia, Dejah Thoris? —le pregunté, sintiendo saltar en mis venas la ardorosa sangre de mis antepasados guerreros mientras aguardaba su respuesta.
—Solo en pequeños detalles, John Carter —respondió ella—. Nada que pueda dañarme más allá de mi orgullo. Saben que soy hija de diez mil jeddaks, que rastreo mi ascendencia directamente y sin interrupción hasta el constructor del primer gran canal, y ellos, que ni siquiera conocen a sus propias madres, me tienen envidia. En el fondo odian sus horribles destinos, y por eso descargan su pobre inquina sobre mí, que represento todo lo que ellos no tienen, y todo lo que más anhelan y nunca podrán alcanzar. Compadezcámoslos, mi jefe, pues aunque muramos a sus