No había más que una ligera oportunidad y debíamos aprovecharla rápidamente. Levantando mi extraño fusil marciano hasta el hombro, apunté y presionó el botón que accionaba el gatillo; hubo una fuerte explosión cuando el proyectil alcanzó su objetivo, y el jefe que cargaba se precipitó hacia atrás desde su montura voladora.
Incorporándome de un salto, apremié al thoat para que se pusiera de pie y le ordené a Sola que llevara a Dejah Thoris con ella sobre el animal y que hiciera un gran esfuerzo por alcanzar las colinas antes de que los guerreros verdes nos alcanzaran. Sabía que en los barrancos y quebradas podrían encontrar un escondite temporal, y aun cuando murieran allí de hambre y sed, sería preferible eso a que cayeran en manos de los tharks.
Forzándolas a tomar mis dos revólveres como un leve medio de protección y, como último recurso, como una vía de escape para librarse de la horrible muerte que su recaptura sin duda significaría, tomé a Dejah Thoris en mis brazos y la coloqué sobre el thoat detrás de Sola, quien ya había montado a mi orden.
—Adiós, mi princesa —susurré—, tal vez nos encontremos en Helium todavía. He escapado de situaciones peores que esta —, e intenté sonreír mientras mentía.
—¿Cómo? —exclamó ella—, ¿no vienes con nosotros?
—¿Cómo podría, Dejah Thoris? Alguien tiene que contener a estos tipos por un tiempo, y yo puedo escapar de ellos mejor solo que los tres juntos.
Se levantó rápidamente de las almohadillas y, echando sus queridos brazos a mi cuello, se volvió hacia Sola, diciéndole con tranquila dignidad:
«¡Huye, Sola! Dejah Thoris se queda para morir con el hombre al que ama».