Me arrodillé entonces junto a aquella criatura de aspecto temible, y levantándola sobre sus patas le hice señas de que me siguiera.
Las expresiones de sorpresa que mis acciones arrancaron a los marcianos resultaron ridículas; no alcanzaban a comprender, salvo de un modo débil e infantil, atributos como la gratitud y la compasión.
El guerrero a cuyo rifle yo había desviado el golpe miró con interrogación a Tars Tarkas, pero este hizo señas de que se me dejara actuar a mi antojo, y así regresamos a la plaza con mi gran bestia pisándome los talones y Sola asiéndose con fuerza de mi brazo.
Tenía al menos dos amigos en Marte; una joven que velaba por mí con solicitud maternal, y una muda bestia que, como llegué a saber más tarde, albergaba en su pobre y feo armazón más amor, más lealtad, más gratitud de las que se habrían podido encontrar en los cinco millones enteros de marcianos verdes que vagan por las ciudades desiertas y los fondos de mares muertos de Marte.