Todo aquello me sonaba a chino, pero cuanto más le suplicaba que me lo explicara, más categóricas eran sus negativas a mi petición y, así, presa de la desesperación absoluta, desistí.
El día había dado paso ya a la noche y, mientras deambulábamos por la gran avenida iluminada por las dos lunas de Barsoom, y con la Tierra mirándonos desde su luminoso ojo verde, parecía que estábamos solos en el universo, y yo, al menos, estaba contento de que así fuera.
El frío de la noche marciana se hacía sentir, y quitándome las sedas, las arrojé sobre los hombros de Dejah Thoris.
Mientras mi brazo descansaba por un instante sobre ella, sentí que un estremecimiento recorría cada fibra de mi ser, como el contacto con ningún otro mortal me había producido jamás; y me pareció que ella se había inclinado ligeramente hacia mí, aunque de eso no estaba seguro.
Solo sabía que, mientras mi brazo permanecía allí, sobre sus hombros, más tiempo del que requería el acto de acomodar la seda, ella no se apartó ni habló.
Y así, en silencio, caminamos por la superficie de un mundo moribundo, pero en el pecho de al menos uno de nosotros había nacido aquello que es siempre lo más viejo y, sin embargo, siempre nuevo.
A amaba a Dejah Thoris. El roce de mi brazo sobre su hombro desnudo me había hablado con palabras que no podía malinterpretar, y sabía que la amaba desde el primer instante en que mis ojos se habían cruzado con los suyos por primera vez en la plaza de la ciudad muerta de Korad.