abierta.
Ahora bien, no había intentado caminar desde mi primer sonado fracaso, excepto mientras agarraba firmemente el brazo de Tars Tarkas, y así ahora andaba dando saltitos y revoloteando entre los escritorios y las sillas como un saltamontes monstruoso.
Tras haberme golpeado severamente, para gran diversión de los marcianos, recurrí de nuevo a arrastrarme gatas, pero esto no les pareció bien y me pusieron en pie de un brusco estirón por obra de un sujeto imponente que se había reído de lo lindo con mis desgracias.
Mientras me arrojaba de golpe sobre mis pies, su rostro quedó muy cerca del mío e hice lo único que un caballero podía hacer dadas las circunstancias de brutalidad, grosería y falta de consideración hacia los derechos de un extraño; le lancé un puñetazo directo a la mandíbula y cayó como un buey derribado.
A medida que se desplomaba al suelo, giré con la espalda hacia el escritorio más cercano, esperando verme abrumado por la venganza de sus compañeros, pero decidido a darles tanta batalla como las desfavorables probabilidades me lo permitieran antes de entregar mi vida.