antes de que cayera la oscuridad. Como supe más tarde, habían estado en las bóvedas subterráneas en las que se guardaban los huevos y los habían transportado a la incubadora, la cual luego habían amurallado por otros cinco años y que, con toda probabilidad, no volvería a ser visitada durante ese período.
Las bóvedas que ocultaban los huevos hasta que estaban listos para la incubadora se encontraban muchas millas al sur de esta, y eran visitadas anualmente por el consejo de veinte jefes.
Por qué no dispusieron construir sus bóvedas e incubadoras más cerca de casa siempre ha sido un misterio para mí y, como muchos otros misterios marcianos, sin resolver e insondable para el razonamiento y las costumbres terrestres.
Las obligaciones de Sola se habían duplicado ahora, pues se veía obligada a cuidar del joven marciano tanto como de mí, pero ninguno de los dos requería mucha atención y, como ambos íbamos más o menos igual de avanzados en la educación marciana, Sola se tomó la molestia de adiestrarnos juntos.
Mi premio consistía en un espécimen masculino de unos cuatro pies de altura, muy fuerte y físicamente perfecto; además, aprendía rápido, y nos divertimos bastante, al menos yo lo hice, a causa de la intensa rivalidad que mostramos.
El idioma marciano, como ya he dicho, es sumamente sencillo, y en una semana pude expresar todas mis necesidades y entender casi todo lo que se me decía. Asimismo, bajo la tutela de Sola, desarrollé mis poderes telepáticos de modo que al poco tiempo podía percibir prácticamente todo lo que ocurría a mi alrededor.
Lo que más sorprendía a Sola de mí era que, mientras yo podía captar mensajes telepáticos de los demás con facilidad, y a menudo cuando no