“¡Qué niño! Un gran guerrero y, sin embargo, un torpe niñito”.
—¿Qué he hecho ahora? —pregunté, sumido en la más absoluta perplejidad.
“Algún día lo sabrás, John Carter, si vivimos; pero no puedo decírtelo. Y yo, la hija de Mors Kajak, hijo de Tardos Mors, he escuchado sin enojo”, concluyó para sus adentros.
Luego volvió a prorrumpir en uno de sus alegres, felices y risueños estados de ánimo; bromeando conmigo sobre mi destreza como guerrero Thark, en contraste con mi blando corazón y mi bondad natural.
—Supongo que si por accidente heridas a un enemigo, te lo llevarías a casa y lo cuidarías hasta que recuperase la salud —se rio ella.
—Eso es precisamente lo que hacemos en la Tierra —respondí—. Al menos entre hombres civilizados.
Esto volvió a hacerla reír. No lograba comprenderlo, pues, con toda su ternura y su dulzura de mujer, seguía siendo marciana, y para un marciano el único enemigo bueno es un enemigo muerto; ya que cada adversario muerto significa mucho más para repartir entre los que viven.
Tenía mucha curiosidad por saber qué había dicho o hecho para causarle tanta perturbación un momento antes, así que seguí importunándola para que me iluminara.
—No —exclamó ella—, basta con que lo hayas dicho y con que yo haya escuchado. Y cuando lo sepas, John Carter, y si yo he muerto, como es probable que ocurra antes de que la otra luna haya circundado Barsoom otras doce veces, recuerda que escuché y que —sonreí.