fuego. Cuando Woola hubo terminado su comida, reanudé mi agotadora y Aparentemente interminable caminata en busca de la esquiva vía fluvial.
Al amanecer del décimo quinto día de mi búsqueda, me llenó de alegría ver los altos árboles que indicaban el objeto de mi indagación.
Al mediodía arrastré con fatiga mis pasos hasta los portales de un enorme edificio que abarcaba tal vez cuatro millas cuadradas y sealzaba doscientos pies en el aire. No mostraba ninguna abertura en los poderosos muros que no fuera la diminuta puerta junto a la cual me desplomé exhausto, ni había en torno a él señal alguna de vida.
No pude encontrar campanilla ni ningún otro método para dar a conocer mi presencia a los moradores del lugar, a menos que un pequeño agujero redondo en la pared, cerca de la puerta, fuera para ese propósito. Era del tamaño aproximado de un lápiz y, pensando que pudiera tratarse de la clase de un tubo acústico, acerqué mi boca y me disponía a hablar a través de él cuando salió una voz que me preguntó quién podía ser, de dónde venía y cuál era el propósito de mi visita.
Le expliqué que había escapado de los warhoons y que me moría de hambre y agotamiento.
“Llevas el metal de un guerrero verde y te sigue un calot, pero tienes la figura de un hombre rojo. En color no eres ni verde ni rojo. ¡En nombre del noveno día, qué clase de criatura eres?”
—Soy amigo de los hombres rojos de Barsoom y me estoy muriendo de hambre. En nombre de la humanidad, ábrenos —repliqué.
Acto seguido, la puerta comenzó a alejarse de mí hasta hundirse cincuenta pies en la pared; luego se detuvo y se deslizó suavemente hacia