Saltando hacia arriba, lo golpeé de lleno en la cara al volverse ante mi grito de advertencia y luego, mientras desenvainaba su espada corta, desenvainé la mía y volví a saltar sobre su pecho, enganchando una pierna en la culata de su pistola y asiéndome de uno de sus enormes colmillos con la mano izquierda mientras le propinaba golpe tras golpe en su inmenso tórax.
No pudo aprovechar su espada corta porque yo estaba demasiado cerca de él, ni tampoco pudo sacar su pistola, lo cual intentó hacer en abierta oposición a la costumbre marciana, que dicta que no se debe luchar contra un compañero guerrero en combate singular con un arma distinta a aquella con la que te atacan.
De hecho, no pudo hacer más que un intento desesperado e inútil por sacudirme de encima. Con toda su inmensa corpulencia, no era mucho más fuerte que yo, si es que lo era, y fue cuestión de uno o dos momentos antes de que se desplomara en el suelo, sangrando y sin vida.
Dejah Thoris se había incorporado sobre