Un prisionero
Habíamos avanzado tal vez diez millas cuando el terreno empezó a elevarse con mucha rapidez. Nos estábamos aproximando, según supe más tarde, al borde de uno de los mares muertos de Marte, en cuyo fondo había tenido lugar mi encuentro con los marcianos.
En poco tiempo llegamos al pie de las montañas y, tras atravesar un desfiladero estrecho, salimos a un valle abierto, en cuyo extremo lejano se alzaba una meseta baja sobre la cual contemplé una ciudad enorme. Hacia ella galopamos, entrando por lo que parecía ser una calzada en ruinas que salía de la ciudad, pero solo hasta el borde de la meseta, donde terminaba abruptamente en una escalinata ancha.
Al observar más de cerca, vi al pasar junto a ellos que los edificios estaban desiertos y, aunque no muy deteriorados, tenían el aspecto de no haber estado habitados durante años, posiblemente durante siglos.
Hacia el centro de la ciudad había una gran plaza, y en esta y en los edificios que la rodeaban inmediatamente estaban acampadas unas nueve o diez mil criaturas de la misma raza que mis captores, pues ya los consideraba así a pesar de la manera suave en que había sido atrapado.
A excepción de sus ornamentos, todos estaban desnudos. Las mujeres diferían poco en apariencia de los hombres, excepto en que sus colmillos eran mucho más grandes en proporción a su altura, curvándose en algunos casos casi hasta sus orejas altas. Sus cuerpo eran más pequeños y de un color más claro, y sus dedos de las manos y de los pies mostraban los rudimentos de uñas, de las cuales carecían por completo los machos. Las hembras adultas medían entre diez y doce pies de altura.