En las colinas de Arizona
Soy un hombre muy viejo; cuántos años tengo, no lo sé. Posiblemente tenga cien, quizás más; pero no puedo precisarlo porque jamás he envejecido como los demás hombres, ni recuerdo infancia alguna.
Hasta donde puedo recordar, siempre he sido un hombre, un hombre de unos treinta años. Hoy tengo el mismo aspecto que hace cuarenta años y más, y sin embargo siento que no puedo seguir viviendo para siempre; que algún día moriré de la muerte verdadera de la que no hay resurrección.
No sé por qué debería temerle a la muerte, yo que he muerto dos veces y sigo vivo; pero aun así siento por ella el mismo horror que ustedes, que nunca han muerto, y es a causa de este terror a la muerte, según creo, por lo que estoy tan convencido de mi mortalidad.
Y a causa de esta convicción he decidido poner por escrito la historia de los periodos interesantes de mi vida y de mi muerte.
No puedo explicar los fenómenos; solo puedo consignar aquí, en las palabras de un soldado de fortuna ordinario, una crónica de los extraños acontecimientos que me sucedieron durante los diez años que mi cuerpo yacía sin descubrir en una cueva de Arizona.
Jamás he contado esta historia, ni mortal hombre verá este manuscrito hasta después de que yo haya cruzado hacia la eternidad. Sé que la mente humana promedio no creerá lo que no puede comprender, y por ello no es mi propósito ser azotado públicamente en