mujeres era Sarkoja, y comprendí así cómo había estado presente en la audiencia del día anterior, cuyos resultados había reportado a las ocupantes de nuestro dormitorio la noche pasada. Su actitud hacia la cautiva era de lo más dura y brutal. Cuando la sostenía, hundía sus uñas rudimentarias en la carne de la pobre muchacha, o le torcía el brazo de una manera sumamente dolorosa. Cuando era necesario moverse de un lugar a otro, o bien la toneaba rudamente, o la empujaba de cabeza frente a ella. Parecía estar descargando sobre esta pobre criatura indefensa todo el odio, la crueldad, la ferocidad y el rencor de sus nueve respaldados por incalculables eras de antepasados feroces y brutales.
La otra mujer era menos cruel porque le era totalmente indiferente; si la prisionera hubiera quedado a su cargo únicamente, y por fortuna lo estuvo por la noche, no habría recibido ningún trato duro, ni, del mismo modo, habría recibido atención alguna.