marciano hasta una altura de unas tres yardas. Aterrizé suavemente en el suelo, sin embargo, sin un golpe o sacudida apreciables. Comenzó entonces una serie de evoluciones que ya entonces me parecieron sumamente ridículas. Descubrí que tenía que aprender a caminar de nuevo, ya que el esfuerzo muscular que en la Tierra me llevaba con facilidad y seguridad hacía extrañas travesuras conmigo en Marte.
En lugar de progresar de una manera sensata y digna, mis intentos de caminar se tradujeron en una variedad de saltos que me elevaban un par de pies del suelo en cada paso y me hacían terminar tendido de bruces o de espaldas al cabo de cada segundo o tercer salto.
Mis músculos, perfectamente sintonizados y acostumbrados a la fuerza de gravedad de la Tierra, me jugaron una mala pasada al intentar lidiar por primera vez con la menor gravitación y la inferior presión atmosférica de Marte.
Estaba decidido, sin embargo, a explorar aquella estructura baja que era la única evidencia de habitación a la vista, y así concebí el singular plan de recurrir a los primeros principios de la locomoción: el gateo. Me fue bastante bien con esto y en pocos momentos hube llegado al muro bajo y circundante del recinto.
Parecía no haber puertas ni ventanas en el lado más cercano a mí, pero como el muro tenía apenas unos cuatro pies de altura, me puse en pie con cautela y me asomé por encima para contemplar la vista más extraña que jamás se me hubiera concedido ver.
El techo del recinto era de vidrio macizo de unas cuatro o cinco pulgadas de espesor, y debajo de este había varios cientos de huevos grandes, perfectamente redondos y de un blanco níveo. Los huevos eran casi de tamaño uniforme, con un diámetro de aproximadamente dos pies y medio.