puñal largo y delgado en la mano y que lo estaba afilando contra una piedra. En su mente albergaba la decisión de inspeccionar las bombas de radio, lo cual le tomaría unos treinta minutos, y luego regresar a mi alcoba para acabar conmigo.
Mientras atravesaba el gran salón y desaparecía por el pasillo que conducía a la sala de bombas, salí sigilosamente de mi escondite y crucé hacia la gran puerta, la interior de las tres que se interponían entre mí y la libertad.
Concentrando mi mente en el enorme cerrojo, lancé las nueve ondas de pensamiento contra él. Con expectación contenida esperé, cuando finalmente la gran puerta se movió suavemente hacia mí y se deslizó en silencio hacia un lado. Uno tras otro, los imponentes portales restantes se abrieron a mi orden y Woola y yo salimos a la oscuridad, libres, pero poco mejor que antes, aparte de que teníamos el estómago lleno.
Apresurándome a alejarme de las sombras del formidable caserón, me dirigí hacia el primer cruce de caminos, con la intención de tomar la carretera principal lo antes posible. Llegué a ella hacia el amanecer y, adentrándome en el primer recinto que encontré, busqué algún rastro de habitación humana.
Había edificios bajos y desparramados de hormigón con puertas pesadas e infranqueables, y ningún esfuerzo a base de golpes y gritos obtuvo respuesta alguna.
Cansado y exhausto por la falta de sueño, me arrojé al suelo y le ordené a Woola que montara guardia.
Tiempo después me despertaron sus espantosos gruñidos y abrí los ojos para ver a tres marcianos rojos de pie a corta distancia de nosotros y apuntándome con sus rifles.