en los aposentos que tenía delante. Al llegar a lo que parecía ser una puerta, descubrí que no era más que una abertura hacia una inmensa cámara interior que seElevaba desde la planta baja, dos pisos más abajo de mí, hasta el techo en forma de cúpula del edificio, muy por encima de mi cabeza. El suelo de este gran salón circular estaba abarrotado de jefes, guerreros y mujeres, y en un extremo había una gran plataforma elevada sobre la que se acurrucaba la bestia más espantosa que jamás había visto. Tenía todos los rasgos fríos, duros, crueles y terribles de los guerreros verdes, pero acentuados y envilecidos por las pasiones animales a las que se había entregado durante muchos años. No había ni rastro de dignidad o orgullo en su semblante bestial, mientras que su enorme mole se extendía sobre la plataforma donde estaba acurrucado como un enorme pez diablo, y sus seis extremidades acentuaban el parecido de una manera horrible y desconcertante.
Pero la visión que me heló de aprensión fue la de Dejah Thoris y Sola de pie allí ante él, y la mueca demoníaca de este mientras permitía que sus grandes ojos saltones se regocijaran en las líneas de su hermosa figura.
Ella estaba hablando, pero yo no podía oír lo que decía, ni tampoco distinguir el bajo y gruñón murmullo de la respuesta de él. Permanecía allí erguida ante él, con la cabeza bien alta, y aun a la distancia a la que me encontraba de ellos pude leer el desprecio y la repugnancia en su rostro mientras dejaba posar sobre él su altiva mirada sin mostrar rastro de miedo.
Era, en verdad, la orgullosa hija de mil jeddaks, cada pulgada de su querido y precioso cuerpecito; tan pequeña, tan frágil junto a los imponentes guerreros que la rodeaban, pero en su majestad empequeñeciéndolos hasta la insignificancia; ella era la figura más poderosa entre ellos y verdaderamente creo que lo sentían.