—¿Cuándo —preguntó una de las mujeres— disfrutaremos de la agonía de muerte de la roja? ¿O es que Lorquas Ptomel, Jed, tiene la intención de retenerla para pedir rescate?
—Han decidido llevarla con nosotros de regreso a Thark, y exhibir sus últimas agonías en los grandes juegos ante Tal Hajus —respondió Sarkoja.
—¿Cuál será la manera de su partida? —inquirió Sola—. Es muy pequeña y muy hermosa; yo tenía la esperanza de que la retendrían para pedir rescate.
Sarkoja y las demás mujeres gruñeron con enfado ante esta prueba de debilidad por parte de Sola.
—Es triste, Sola, que no hayas nacido hace un millón de años —espetó Sarkoja—, cuando todas las hondonadas de la tierra estaban llenas de agua y los pueblos eran tan blandos como aquello sobre lo que navegaban. En nuestros días hemos progresado hasta el punto de que tales sentimientos denotan debilidad y atavismo. No te irá bien si permites que Tars Tarkas se entere de que albergas sentimientos tan degenerados, ya que dudo que a él le importe confiarle a alguien como tú las graves responsabilidades de la maternidad.
—No veo nada de malo en mi muestra de interés por esta mujer roja —replicó Sola—. Jamás nos ha hecho daño, ni lo haría si hubiésemos caído en sus manos. Solo los hombres de su raza nos hacen la guerra, y siempre he pensado que su actitud hacia nosotros no es más que el reflejo de la nuestra hacia ellos. Viven en paz con todos sus semejantes, excepto cuando el deber los llama a hacer la guerra, mientras que nosotros no estamos en paz con nadie; guerreando por siempre entre los de nuestra propia especie, así como contra los hombres rojos, y hasta en nuestras propias comunidades los individuos luchan entre sí.